Usufructuarios


Disponemos de medios materiales y económicos suficientes, en una sociedad próspera, con las necesidades educativas, sanitarias y personales básicas cubiertas. Donde hemos podido desarrollarnos y crecer como personas.

Sin duda, gran parte de ello se debe a nuestro propio esfuerzo. Sin embargo, debemos reconocer que si hubiéramos nacido en Liberia o Afganistán, nuestra situación sería infinitamente peor. O en cualquiera de los países en los que la mayoría de la población vive en situaciones de pobreza. Aunque nuestro esfuerzo hubiera sido mucho mayor, nuestra situación sería sin duda infinitamente peor.

Por tanto, gran parte de nuestro bienestar personal se lo debemos a la sociedad, al país en el que hemos tenido la suerte de vivir y ser parte de él.


Paseamos por calles y pueblos, entre edificios realizados por generaciones anteriores. Ciudades que se fundaron hace siglos. Instituciones, como los municipios y sus ayuntamientos, centenarias. Disfrutamos de playas preservadas para nosotros. Espacios naturales que han sido conservados. Modos de vida en libertad y armonía entre las personas. La mayor parte de nuestra forma de ver y sentir las cosas viene determinada por la sociedad y la cultura en la que vivimos.

Por tanto, nuestro país y la sociedad de la que disfrutamos es un esfuerzo común de generaciones, acumulado durante siglos.

¿Ese patrimonio es nuestro? ¿Podemos hacer lo que queramos con él? ¿Podernos destruirlo, dividirlo, trocearlo a nuestro antojo?

Ese patrimonio lo hemos recibido sus habitantes actuales para su disfrute. Es algo que nos ha sido dado, fruto del esfuerzo y del trabajo de millones de personas que nos precedieron aquí.

En el Derecho Romano se definía el usufructo como el “ius alieni rebus, utendi fruendi, salva rerum substantia”: el derecho a usar y disfrutar una cosa, respetando su sustancia, es decir, sin dividirla ni destruirla.

Creo que somos, más que dueños de nuestro país, usufructuarios del mismo. Se nos ha entregado para disfrutarlo, pero también para conservarlo y transmitirlo a los que nos sobrevivirán. Con la obligación de mejorarlo para las siguientes generaciones, como es lógico por el propio progreso de la historia.

No podemos hacer lo que queramos con él. Porque no somos dueños de nuestro país, sino portadores de algo que nos ha sido dado y que debemos disfrutarlo y transmitirlo mejorado a las generaciones futuras.

No somo dueños de nuestro país. Solo somos usufructuarios.